viernes, 2 de enero de 2026

La cuenta de la vida


Relato de Xabier F. Coronado publicado en el libro II Certamen Literario Internacional de Relatos Cortos Vaqueiros (2025)








La cuenta de la vida

■ Xabier F. Coronado

Tuxa se puso a repasar lo que tenía pendiente para esa tarde. Había prometido a Rosina que haría
una visita a su padre, eso iba a ser lo primero en cuanto dejara la cocina recogida. Mientras termina
piensa qué podría llevarle a Rufo.
«Lo más importante ye ir verlo, el probín de xuru que s'alegra, ye de los que-yos presta falar d'otros
tiempos. Yera tan amigu de los mios padres y de la tía María…»
Cuando termina abre el armario y revisa en su interior. En la balda más alta hay una lata
cuadrada. La baja para ponerla sobre la mesa.
«Creo que sobraron unes galletines de nata que fixi la otra selmana con farina d'escanda
La destapa y saca las galletas que quedan. Las echa en un plato hondo de loza blanca y las cubre
con una servilleta bordada. Antes de salir mete unos trozos de leña en la cocina para que se
mantenga encendida. Descuelga el abrigo del perchero y se calza las madreñas. Agarra el paraguas
que está apoyado en el dintel y cierra la puerta sin echar la llave.
En la calle caen algunos copos de nieve dispersos que no llegan a cuajar. Tuxa abre el paraguas y
sube la cuesta despacio, camina abstraída en sus pensamientos. Una vez arriba mira hacia el cielo,
está cubierto de nubes negras.
«Panza burru… Esta nueite naide nos llibra d'una bona nevada.»
Al llegar al bar, en vez de pasar por la puerta principal, Tuxa abre la cancilla de hierro de la
huerta y se mete por un sendero que rodea el edificio hasta el patio posterior de la casa. En la parte
techada está el lavadero, más allá hay leña apilada, dos bombonas de butano, herramientas y aperos
de labranza. En una construcción adosada está la cuadra, la puerta tiene el cuarterón superior
abierto y se escucha el ocasional mugir de las vacas. Junto al muro hay un gallinero desvencijado,
las gallinas y el gallo están subidos a las ramas de un árbol seco. Ella se acerca a la puerta trasera de
la casa.
— ¡Rosina! ¿Tas por ehí, ne? Soi Tuxa.
Orienta el oído a ver si hay respuesta. Espera unos segundos y aparta el paraguas.
— ¡Rosina!
Se retira para mirar las ventanas del piso de arriba donde están las habitaciones. Al levantar la
cara los copos le caen en el rostro. Se escucha el chirriar de una ventana.
— ¡Agora baxo a abrite!
Tuxa se arrima a la puerta para refugiarse bajo el alero del tejado. Un gato negro salta desde
dentro de la cuadra, cruza el patio velozmente, se mete por la gatera y desaparece. La mujer se
persigna, visualmente le pareció que se lo había tragado la puerta. En ese momento canta el gallo y
aletea mostrando el esplendor de sus plumas a la ensombrecida tarde. Suenan ruidos en el interior
de la casa y la puerta se abre desde adentro.
—Hola Tuxa, qué bueno que vienes, ne. Pasa que fai frío.
Tuxa deja el paraguas abierto afuera, se quita las madreñas y entra en zapatillas a la cocina. El
ambiente está templado, hay varias ollas sobre la chapa. Los cacharros sucios se apilan en el
fregadero y en la mesa hay platos con restos de comida. Rosina ve que Tuxa se queda mirando el
desorden que impera en la cocina.
— ¡Nin mires el estalamao, Tuxa! A l'hora de piesllar el chigre después de dar las comidas, el
mio pá chamóme y nun pude facer ná aquí embaxo. Pa encima Rufino foise al prao a trayer una
vaca que nos dixeron que pasó pa lo de Casilda. Como se entere la vietcha a ver quién l'aguanta…
— ¡Nun te apures, ne! Sé que tas demasiao sola pa tol trabayu que tienes.
Rosina da un suspiro, se deja caer en una silla y acerca otra para que Tuxa se siente.
—Sí, ne, voi tener que meter una rapaza que m’axude nel chigre pa yo poder atender meyor a
Rufo. El castrón del mi hermanu nun fai ná aquí na casa, desfai más que facer, ye una calamidá…
—Bueno, ne, polo menos atiende el chigre…
—Pero yo tamién atiendo la barra, sirvo vino, copes y aguanto borrachos. Toi un poco farta.
Tuxa la contempla con afecto, sabe lo que trabaja y lo responsable que es. Sobre todo, admira su
fuerza de voluntad y su valentía.
«Rosina ye lluchadora. Dicen que nel chigre, nunca dexa que se pasen con etcha o la molesten. Toos
saben que ye d’armes tomar.»
—Si quies axúdote a llevantar too esto nun bisboleu.
—Nun digas bobadas, Tuxa, tú veniste a ver al mio pá y mientres tas con él enriba, yo liquido
too nun pispás. Voi facer tamién un chocolatín espeso bien caliente pa que merendemos los tres en
cuanto termine de recoyer ¿Quedóte claro?
—Tan claro como espeso el chocolate que vas facer, ne. Mira, estes galletines de nata y escanda
van servir bien pa la merienda.
—Gracies, Tuxa, súbelas tú y da-y una a Rufo, que la vaya ablandando na boca mientres se fai el
chocolate ¡Hala, ne! Sube, que sabes el camín. Tú yes de casa.
Se levanta y va hacia el fregadero.
— ¿De verdá nun quies que t'axude?
Rosina tiene en la mano una fuente que había recogido de la mesa, mira a los ojos de su amiga
con enfado.
— ¿Viniste axudame a fregar o a falar col mio pá? Venga pa enriba y nun deas más llata.
—Yes tremenda…
Tuxa se ríe del carácter de Rosina. Sale a un pasillo estrecho y busca la escalera que está al otro
lado, apenas hay claridad para ver donde de pisa. Una sombra negra cruza por delante de ella y se
funde con la oscuridad.
— ¡Virxen Santísima! Esti gatu cada vez qu'aparez m'espanta.
Los escalones de madera crujen bajo sus pies, arriba se llega directamente al comedor de la casa.
Hay un ventanal con galería y está más iluminado. Es el típico corredor de las casas rurales
tradicionales. Una mesa de madera ocupa casi todo el espacio. Sobre ella hay un paño bordado con
flores, hojas y mariposas que tiene encima un jarrón de porcelana con ramas secas de muérdago.
Las sillas son de respaldo alto y la tapicería, de color granate, está algo descolorida por el sol y
gastada por el uso.
A Tuxa le llegan a la mente recuerdos de las veces que había estado allí. Se acuerda de Xusta y
de Tino, los abuelos de Rosina. Tino había estudiado en Oviedo y fue alcalde del pueblo durante la
república. Cuando la guerra, nada más tomar la zona los nacionales, vinieron de noche los soldados
a buscarlo y nunca regresó del ‘paseo’. Xusta se quedó sola con Marta, su única hija, que era de la
edad de Tuxa. En ese comedor se celebró la comida de boda cuando Marta se casó con Rufo, el
vaqueiro. Allí también había sido el bautizo de sus hijos, Rufino y Rosina.
Tuxa deja las galletas sobre la mesa, separa una de las sillas para sentarse y se queda mirando
fijamente las tablas de nogal que forman la encimera donde resalta la veta oscura del corazón de la
madera. Al verla le viene el recuerdo de algo muy triste vivido en ese comedor, cuando Marta murió
de parto.
« ¡Ai Dios mío!, demasiado m'acuerdo desi día interminable, chegué dende temprano p'axudar a la
partera. Yo tenía preparada l'agua caliente na cocina por si facía falta, en cuanto la palpó dixo qu'el
neno venía torcíu, que yera grande y que-y iba a ser difícil sacalo. Fai más de veinte años pero inda
escucho los quexidos de Marta. Cómo m'apretaba el brazu cola so mano… Qué agonía, Dios mío.
Chegó'l medicu de Belmonte pa face-y la cesárea, pero la probe ya taba muerta y el home trató de
salvar al neno…»
No quiere rememorar aquello y en ese punto detiene sus recuerdos. Aquella noche Marta y el
niño habían muerto. Después que la desgracia se había consumado, Tuxa se sentó en el mismo lugar
donde ahora estaba y un mundo de pavorosas sombras había tomado vida en esas líneas oscuras.
Ahora, al volver a mirar las vetas de esas tablas, recordó las imágenes siniestras que aquel día había
visto dibujadas en ellas: figuras grotescas, máscaras burlonas, calaveras, animales malignos…
Mientras contemplaba fijamente la superficie de la mesa se preguntó porqué Dios permitía que
sucedieran esas cosas. Con el pasar del tiempo había hecho esfuerzos por olvidarlo, por borrarlo
todo de su memoria.
Tuxa aparta con esfuerzos la mirada, se levanta, se quita el abrigo y se acerca a la habitación. La
puerta está abierta, la pequeña lámpara sobre la mesita de noche apenas alcanza a iluminar el
espacio interior. Tumbado en la cama está Rufo, tiene los párpados cerrados y el cuerpo tapado con
una gruesa colcha de lana, dos almohadas lo mantienen medio incorporado. En cuanto Tuxa entra
en el cuarto el enfermo abre los ojos y la contempla con fijeza.
—Pensé que habíeste escaecíu d'esti vietcho ¿Cuánto fai que nun vienes a veme, Tuxa? Nin
m'alcuerdo.
—Fállate la memoria Rufo, porque fai menos d'una selmana que vine a ponete una inyeción.
—Eso nun cuenta, foi visita de médicu, non d'amiga que vien falar con esti vietchu d'alcordances
d'otros tiempos. Pa eses coses tengo memoria bastante, más que pa les coses que me pasen agora,
que nun me pasa ná, non faigo más que comer, beber y dar llata a la mi fía Rosina.
Rufo se revuelve sobre la cama, parece querer incorporarse del todo. Tuxa se acerca a ayudarlo.
— ¿Qué quies, ho?
—Erguerme, pero nun puedo. Nun puedo moveme nin valeme solu. Hai que ver a lo que chega
un paisanu.
Tuxa lo sujeta por la espalda y acomoda mejor las almohadas. Rufo queda más derecho.
—¿Tas meyor asina, Rufo, o quies erguerte del too y sentate nel comedor?
—De momento aguanto, ne. Gracies… Entós, ¿viniste a veme pa despedite?
—Nun me voi a nengún llau, Rufo, vine na más pa ver cómo tabas y falar contigo un ratín.
— ¿De les coses d’anguañu?
—De lo que te pete falar, ho. Agora tamién pasen coses nel conceyu. Güei ta entamando a
ñevar…
—Eso nun ye noticia, nesti conceyu somos fíos de la ñeve, como las bestias de los altos.
— ¿Qué bestias, Rufo?
—Las que viven con nosotros nestos bosques y páramos, ne: el llobu y la raposa, el rebezu y el
venao, el corzu, la garduña, l’urogallu, l’osu…
Tuxa escucha sin interrumpirlo, había ido a escucharlo, a dejarlo hablar para que estuviera a
gusto, distraído.
—…tú atopéstete con etchas como yo, como munchos de los qu'anduvimos dende nenos pelos
altos, saliendo a brañar de nueite, antes de riscar, o a buscar el ganao perdidu al atapecer; o cuando
regresábamos de les fiestes de madrugada cantando muertos de mieu al cruzar los collaos pa
espantar al llobu… Tú yes de las d'enantes Tuxa, como yo.
—Un poquitín más nueva…
—Sí, ne, un poco más nueva, yes del tiempo de Marta.
—Fae un momentín, al pasar pol comedor, alcordeme d'etcha…
—Tolos díes alcuérdome d’etcha y de cómo morrió la probe, sangrada como un coríu…
Los ojos de Rufo brillan en la penumbra del cuarto.
—Pero nun quiero falar de les coses que camento diariamente…
—Meyor, yo tampoco quiero falar de coses tristes, Rufo.
—Colos años casi tou vuélvese triste, ne.
Se quedan callados unos instantes.
—Me decíes que agora tamién pasen coses nel conceyu ¿Falas del cadáver que apareció na
Peral?
—Nun falo de nada, Rufo, nun tengo ganes de falar de muertos, anque nun los conozca.
— ¿Vístelo, ne?
— ¡Non! ¡Por Dios santo! Viéronlo esos nenos que viven en Pertchunes y creo que tamién Fonso
y el guardia.
—Entós nun digas que nun lo conoces.
—Pero dicen que nun yera del conceyu.
— ¿Quién lo diz? Nin esos rapazos nin el guardia son d’equí. Fonso pue decilo, pero esi anduvo
munchu tiempu per fora y nun conoz a toa la xente del conceyu…
—Pero en los pueblos nun falta naide, Rufo.
— ¡Nun falta naide! Falta xente en tolos pueblos, en toles cases ¿T'escaescisti de la guerra, ne?
Tuxa mira a Rufo, lo que dice se parece a lo que ella piensa muchas veces.
—Hai munchos que sacaron de casa y nun volvieron. Nel conceyu toos sabemos onde tán… la
mayoría enterraos nesa mentada tierra de Miguelón, “As tchábanas”.
Tuxa al escucharlo se santigua.
—Bien sabes qu'ende hai paisanos de Saliencia, de las Viñas, del Vatche, de Vitchare, de
Pigüeces y Pigüeña, de Santiago d'Hermo, de Clavillas y otros pueblos del conceyu… Nesta casa
sacaron al chigreru que yera roxo como'l vino que vendía, en tolos aspeutos.
—Tino, el tu suegru…
—Nunca foi mio suegru, cuando me casé con Marta a él yá lo habíen matáu. Como a tantos.
Munchos morrieron, Tuxa, d'unu y l'otru llau, tú yeras una rapacina…
—Eses coses nun pueden escaecese anque se quiera…
—Como lo de Marta…
—Nun empieces de vuelta, dixiste que nun ibas falar de Marta…
—Tamos falando de muertos, ne, yo toi cerquina d’etchos… lo güelo.
Tuxa contiene un suspiro.
―Igual toi yo, Rufo, colo del mi hermanu Xuaco…
Tuxa siente un escalofrío. Decide cambiar de conversación, pero Rufo se adelanta.
—¿Alcuérdeste de los Malinos, Tuxa?
Ese nombre despierta en ella recuerdos de posguerra. Era una historia que se contaba en la Pola
sobre una familia de bandoleros.
—Sí, alcuérdome, anque enxamás los vi… Decíen que yeran lladrones.
—Yo conocílos bien. Yeren de p'allá del Puertu, milicianos, maquis qu'habíen escapao al monte
pa que nun los mataran; robaben pa comer porque munches veces la xente nun-yos lo daba.
Matáronlos como a perros sin dexarlos salir d'aquetcha casa, quemáronlos como a bruxes nuna
foguera.
—Mira Rufo, si sigues falando d'eses coses voi dexate. Vine equí pa reíme un rato contigo y
comer unes galletines que fixi. Hasta toi dispuesta, si quies, a que cantemos xuntos una vaqueirada.
—Ta bien, ne. Callo la boca. Güei toi d'un humor siniestru, duelme l'alma y preferiría que me
dolieran los güesos…
— ¿Nun quies erguerte, ho? Axúdote y vamos pal comedor, esperamos a Rosina que ta faciendo
un chocolatín caliente y comemos pa merendar eses galletes… pero sólo si dexas de falar de
muertos.
—Te lo prometo Tuxa, has de perdoname por falar d'eses coses, m'alegro que hayas venido. Ties
toa la razón, vamos reínos y falar de coses gracioses…
Se queda pensativo como si se acordara de algo.
— ¿Una vaqueirada dices, ne? Fai años que nun canto una.
—Nun esaxeres Rufo, fai pouco dixéronme que una nueite tabas nel chigre tan animao que
cantaste un buen rato…
—Taría borrachu, por eso nun m'alcuerdo… ¿Quién te lo dixo, ne?
—Lalo, el indiano.
—Esi Lalo, ye bona xente, educau y respetuoso, se-y nota que salió fora, que recorrió mundu. En
cambio, los qu'equí quedamos… somos como'l ganao. Nun facemos más que comer, beber, trabayar
y decir borricadas.
—Díxome qu'esa nueite cantaste una vaqueirada que nun conocía…
—Normal, taría yo inspirao y yá sabes, né, que les vaqueirades munches veces invéntanse sobre
la marcha, falando de lo que pasa alredor. Si los mozos d'agora tuvieran algo más de cabeza fairíen
una sobre esi cadáver que apareció…
— ¡Coime, Rufo, quedamos en que nun volvías falar de muertos!
Rufo contempla a Tuxa con ojos tristes y baja la cabeza. Ella le agarra la mano y se pone a
cantar:
“Cuando paso por Cauneo, digo al macho delanteiro que las fitchas del Patricio nun son pa nengún
vaqueiro, heiii…”
En cuanto Tuxa empieza a cantar, Rufo levanta la cabeza, en su cara se produce una mutación:
los ojos le brillan y los labios se estiran en una amplia sonrisa. Al terminar la primera estrofa ella se
queda mirándolo, él se incorpora un poco y comienza a cantar:
“Cuando paso por Cauneo, agora mudo'l cantare, que una fitcha del Patricio va brañar nel
Resetchare, heiii…”
Rufo aprieta la mano de Tuxa y los dos cantan a coro:
“Pavirún, pavirún, pavirún… Pavirún, pavirún, pavirún…”
Al terminar se ríen con ganas.
— ¡Otra, ne! ¡Entama otra!
—Agora tócate a ti ¡Anda!
Rufo se endereza más sin soltarle la mano y comienza a cantar con voz profunda:
“El señor cura del Puertu y el señor cura del Coutu, fueron a putes a Uviéu y cayeron de la moto,
heiii…”
Tuxa pone cara de reproche, pero al ver a Rufo tan contento lo acompaña en el estribillo:
“Pavirún, pavirún, pavirún… Pavirún, pavirún, pavirún…”
Esta vez Rufo se ríe a carcajadas y empieza la siguiente.
“Al señor cura del Puertu, capáimelo capadores, que confiesa a les mutcheres debaxo los
cobertores, heiii… Pavirún, pavirún, pavirún… Pavirún, pavirún, pavirún…”
—¡Ay Rufo! Yes incorrexible, pero a pesar de tus borricadas préstame vete contento.
Rufo está tosiendo de tanto reírse.
― ¡Hala, ho! Vas levantate de la cama y vamos pal comedor, tomamos ellí la merienda. Viente
bien estirar les piernes…
Cuando Tuxa se levanta de la silla suenan pasos subiendo las escaleras, Rosina aparece en la
puerta del cuarto.
— ¡Qué, pá! ¿Tarás contentu, eh? Tienes visita…
—Paezme que nun va a durar muncho, espantela falando de toluras de vietcho.
Rosina se vuelve hacia Tuxa.
— ¿Cómo ye eso, ne?
—Nada Rosina, nun-y fagas caso. Ye que taba falando de muertos, pero cambiamos de tema y
hasta cantamos unes vaqueirades. Axúdame, ne. Vamos erguerlo entre las dos, el probe ta incómodo
na cama y asina merendamos los tres xuntos nel comedor.
Entre las dos le ayudan a levantarse, lo sujetan una de cada brazo para llevarlo hasta la mesa y lo
sientan en una silla de cara a la ventana. Rufo observa la tenue claridad de la tarde que atraviesa los
cristales.
—Dende la mañana güel a ñeve, pero agora güel más fuerte.
—Tan cayendo copos pero inda non cai tupidu…
— ¡Tas frío, pá! Voi traete la manta pa que la pongas polos hombros.
—Meyor ponme una chaqueta, Rosina, nun fai muncho frío nel comedor y la manta me pesa.
Rosina contempla a su padre, le parece tan poca cosa allí sentado y encogido. Un hombre alto y
recio consumido por los años. Rufo siente la mirada de su hija, levanta los ojos buscándola y tienen
un momento de contacto visual, de comunicación directa, sin palabras; Al verlos, Tuxa siente el
estrecho vínculo que los une.
El tiempo se detiene durante un lento segundo, la atmósfera que envuelve la escena donde están
los tres parece perpetuarse. Por un instante, cada uno se siente atrapado en la frágil red de su propia
existencia. Tuxa nota tal distensión en el cuerpo que trata de hacer un esfuerzo para romper el
hechizo que se había apoderado del momento. Quiere decir algo, pero las palabras no brotan de sus
labios, apoya la palma de la mano en la mesa y se inclina hacia adelante. Desde allí contempla el
interior del cuarto: la cama deshecha, la mesita iluminada por el opaco resplandor del foco, la silla
donde ella se había sentado, una chaqueta de lana gris en el respaldo. Se agarra a esa imagen como
a un salvavidas y se separa de la mesa impulsándose con la mano. El movimiento le permite
enderezar el cuerpo y cuando sus pies la llevan de regreso a la habitación inhala una bocanada de
aire.
—Traígote yo la chaqueta.
Tuxa vuelve con la prenda en la mano y Rosina la contempla ensimismada.
—Gracies, ne. Yo voi pol chocolate, nun vaya derramase agora que llimpié la cocina.
Rosina baja las escaleras mientras Tuxa acomoda la chaqueta sobre los hombros de Rufo.
Arrastra una silla y se sienta a su lado. La penumbra da a la escena un manto de irrealidad lleno de
certezas vislumbradas. Suenan los pasos de Rosina y reaparece con una bandeja en las manos. Pone
sobre la mesa tres tazas y la jarra de loza blanca humeante, en ellas se refleja el mortecino fulgor de
la tarde.
—Voi prender la lluz que nun se ve nada.
—Espera un poco, fía, pa tomar chocolate con galletes nun necesitamos más lluz.
— ¡Pero, si tamos a oscuras, pá!
Rufo no alega nada y Tuxa apoya su propuesta.
—Déxalo asina, ne, tien razón tuo pá, pa moyar unes galletes en chocolate podemos facelo a
palpu. Yo sirvo.
Se levanta, echa el líquido espeso en las tazas y las pone frente a cada uno. Acerca el plato con
las galletas que había traído de casa y ofrece una a Rufo.
—¡Garra una, ho! A ver si te gusten.
Rufo alarga una mano para coger una galleta del plato y se ayuda con la otra para partirla en
pedazos sobre la taza.
—Tengo que facer sopes pa que s'ablande, la mi dentadura nun puede con nada.
Rosina agarra otra galleta y la moja en el oscuro líquido, sin soltarla. Rufo revuelve con la
cuchara, Tuxa coge a su vez una galleta y la muerde.
—Tan blandinas, llevan nata y manteiga.
Rufo saca la cuchara con un trozo de galleta impregnada en chocolate, la mete a la boca y la
paladea unos instantes.
— ¡Mmmm! Estes galletes son d'escanda. Hai tiempo que nun las probaba ¿Quién ta semando
escanda, Tuxa?
—Esti año semela yo, Rufo, axudáronme los montañeros que viven en Pertchunes.
— ¿Aquí, na Pola? Debía facer munchos años que naide semaba escanda nesti vatche.
— ¡Bastantes hai que naide la semaba, ho! Con toda la que se cosechaba…
— ¿Ónde merquestis la simiente?
—Consiguiéronla esos rapazos en Vitchare, ellí síguese cosechando bastante.
—Ye bona cosa volver semala.
Rufo se lleva otra cucharada a la boca, luego se gira para dirigirse a su hija.
—Has de pedi-y a Tuxa que te venda un copín. Tamién hai que deci-y a Rufino de volver semar
escanda.
—Eso ta fecho, Rufo, yo m'encargo de traela y… de vendela nada, mañena tráigola, agora ye'l
tiempu de echala.
Rufo agarra otra galleta que vuelve a desmenuzar en la taza pensativo.
—Vos digo que, pa mín, ya cumplí el tiempu de vida. Esti año faigo los ochenta.
—Y los que te quedan, pá, ochenta nun son nada.
—Nun me valgo, Rosina, soi un estorbo.
—A naide estorbas, pá, nun empieces con esi cuentu.
Rufo se queda en silencio y vuelve a llevarse la cuchara a la boca.
—Amás, tamién cumplí cola cuenta de la vida.
— ¿Qué cuenta ye esa?
—La del tiempo que duran les coses nesta vida. Ye un dichu, un refrán…
— ¡Dilo, ho! Que me prestan muncho. Con tolos qu'aprendí de mia madre y de la tía María…
—Pos esti igual lo sabes, llámase, “La cuenta de la vida”.
Carraspea para aclarar la voz y dice:
“Una sebe, tres años; tres sebes, un perru; tres perros, un caballu; tres caballos, un home… y tres
homes… un cuervu.”
—Esi nun me lo sabía, pá, nunca lo contaste.
—Les coses recuérdense cuando faen falta, Rosina, y agora ye cuando me cuadra a mí esti dichu.
Tuxa está callada pensando en el refrán que acaba de contar Rufo.
—Yo tampoco lo sabía Rufo, ye perguapu… y faciendo las ‘cuentas de la vida’, el perro vive
nueve años; el caballo, veintisiete; el home… tres por veintisiete… ochenta y uno…
—Por eso vos digo que yá viví la vida, esti año cumplo la cuenta…
— ¿Y el cuervu entós…?
Pregunta Rosina. Tuxa calcula la cifra en voz alta
—Tres por uno, tres; tres por ocho, veinticuatro, que faen… ¡Doscientos cuarenta y tres años!
Terminan de merendar y se quedan en silencio unos segundos, cada quien escuchando sus
propios pensamientos. Detrás de los cristales los copos de nieve se iluminan con el último
resplandor azulado de la tarde. Parece que los ventanales de la galería están protegidos por una
cortina blanca de encaje que ondea ligeramente con el viento.
—Vamos llevate pa la cama, papá. Ye tarde…
Rufo parece despertar de un sueño ligero.
—Sí, mi nena. De xuro que Tuxa tien más coses que facer que andar contemplando vietchos…
Acuestan a Rufo, Tuxa le da un abrazo y él dice con ojos brillantes y voz emocionada:
—Ven a visitame pronto, ne, que cuando falte vamos echanos de menos…



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